19 de abril de 1810 de Juan LoveraLos inicios de la pintura venezolana se registran hacia finales del período colonial. La nota característica de esta producción pictórica va a ser la conformación de un género plástico adecuado a rasgos eminentemente nacionales, En otras palabras, según el ambiente que la rodea." Esta tradición partirá desde finales del siglo XVIII con la conformación de la Escuela Caraqueña hasta las creaciones de pinturas populares o anónimas con un sello marcadamente religioso en la concepción de su temática. Este tipo de pintura realizada durante la época de la colonia se establece como una de las más interesantes herencias dentro de la plástica venezolana y consecuencia de una alta sensibilidad de los pintores por la producción de estas obras.

Hay que destacar que el movimiento pictórico en el país y en la región zuliana se inicia con la importación de obras artísticas provenientes principalmente de México, Quito, Perú y España -atribuyéndose la realización de las obras de este país. Sin embargo las realizadas en Venezuela no adquirieron un valor estético-plástico relevante debido al hecho de que como colonia española no alcanzó la relevancia que tuvieron los virreinatos de México, Perú y Quito, en materia de producción de objetos artísticos y litúrgicos.

La producción artística llegada de esos países era destinada básicamente para ser exhibida en las iglesias y en los oratorios privados de personas adineradas del país, pero con el tiempo, esta situación se transformará debido a los altos precios y riesgos que conllevaba el traslado de dichas producciones desde otros países hasta Venezuela. Es por ello, que los misioneros establecidos en el país crearon talleres para la formación de los primeros artistas criollos; el objetivo de estas agrupaciones era suplir la demanda de la iglesia en el campo de la liturgia por este tipo de manifestaciones.

La pintura de temática religiosa llegó a constituir con el tiempo, la primera manifestación plástica desarrollada paralelamente por la masa popular. Sin embargo, no sólo en las capas sociales cultas sino también en las populares, se generó una pintura académica religiosa proveniente principalmente de España con marcada tradición barroca convirtiéndose posteriormente, en el estilo nacional hasta llegar a institucionalizarse en el siglo XVIII con el nombre de Escuela Caraqueña.

Hay que notar que la pintura religiosa culta quedó destinada a los templos y a las mansiones de las familias poderosas mientras que la pintura popular se preservó menos. Paralelamente a la temática religiosa se difunde el retrato en sus formas seglar y laica englobados dentro de un enfoque jerárquico relacionado con la organización socio-política del mundo colonial. Los retratos pontificales eran una vía de consagración con la cual se aspiraba a la santidad de sus personajes gracias a sus atributos y actitud elocuente. El retrato mundano permitía a los sujetos aparecer como sobrenaturales ya que expresaban el lujo y la vanidad que éstos poseían en comparación con las clases más humildes. La pintura retratística trajo como consecuencia una mayor distinción y pugna entre las clases sociales conformadas por los "Pardos Libres" (artistas) y los "Mantuanos".

Ante la insatisfacción que le ocasionaba a los artistas, -en su mayoría pardos- la realización de retratos por encargo para las clases pudientes de la época, se ven en la necesidad de recurrir al género del paisaje como la vía de escape para la realización de temas que partan de una inspiración personal y por lo tanto, de libre selección con el objeto de evitar complacer los intereses de terceros y como una forma de lograr " la satisfacción íntima y la afirmación de la individualidad del pintor" .

Batalla de Carabobo de Martin Tovar y TovarEl predominio del arte religioso en la plástica nacional tendrá una duración aproximada de tres siglos para dar paso posteriormente, a una producción artística de alto espíritu republicano, La pintura de género histórico. Surgieron temas mucho más acordes con la situación de la época: los temas históricos y heroicos. Este cambio de mentalidad dependió de muchas causas que fueron transformando la vida del país, entre ellas la Guerra de la Independencia y la caída del poder español que imperaba en el país. Otro de los aspectos que favorecieron el desarrollo intelectual del pueblo venezolano, especialmente el de los Pardos Libres y el de los Blancos Criollos fue la aceptación y difusión de las ideas políticas y filosóficas traídas de Francia y Norteamérica.

Toda esta renovación y liberación social se verá fortalecida por el ambiente de emancipación nacional que respira el país y que se reflejará directamente en las artes plásticas, sobre todo, en el campo de la pintura la cual se va a dirigir hacia la inmortalización de los acontecimientos históricos y heroicos acaecidos durante la Guerra de Independencia; es por ello, que la pintura de historia se enfocaba como la vía para exaltar el patriotismo de los venezolanos haciendo referencia a los personajes ilustres del pasado inmediato.

La figura más representativa de este período de transición entre la Colonia y la Independencia es el pintor Juan Lovera. Las obras que le dieron fama fueron: "El 19 de Abril de 2010" y "El 5 de julio de 1811", las que, si bien fue testigo presencial, pintó varios años después de los acontecimientos: en 1835 y 1838, respectivamente.

Segunda mitad del siglo XIX: después de Juan Lovera las figuras señeras de la siguiente generación de pintores venezolanos son: Martín Tovar y Tovar, Antonio Herrera Toro, Arturo Michelena y Cristóbal Rojas.

Martín Tovar y Tovar (1828 – 1902): Nacido en Caracas. Fue el más destacado intérprete y quien llevó su apogeo la pintura de historia de Venezuela.

La Muerte del Libertador de Antonio Herrera ToroCuando Guzmán Blanco comienza su gobierno progresista aprovecha el talento de Tovar y le encarga una galería de retratos de los principales próceres de la Independencia. Son 25 retratos de medio cuerpo que realiza el pintor en París. Tanto en estos retratos como en los anteriores Tovar idealiza el personaje simplificando detalles y estudiando la pose más expresiva de la figura.
El siguiente encargo de Guzmán Blanco fue el gran cuadro (6 x 4, 56 m.) de "La Firma del Acta de la Independencia". Tovar lo pinta también en París y los representa en la exposición organizada como parte de los festejos del Centenario del Nacimiento del Libertador (1883). El cuadro más relevante es el de la Batalla de Carabobo cuya basta escena ocupa el plafón abovedado del Salón Elíptico.

Antonio Herrera Toro (1857-1914): Pintor valenciano, fue discípulo y ayudante de Tovar y Tovar. Guzmán Blanco le asignó una beca para estudiar en Europa. Permaneció 3 años en París y 2 en Italia donde estudió decoración mural.

Al llegar a Caracas le encargaban una pintura para el presbiterio de la Catedral: "La Asunción de la Virgen".  Luego, pinta en la misma Catedral, "La Fe, La Esperanza y LA Caridad". En esos trabajos le sirvió como ayudante el joven pintor Cristóbal Rojas. En el Baptisterio de la Iglesia de Altagracia de Caracas pinta "El bautismo del Salvador" y "La Inmaculada Concepción".

Cristóbal Rojas (1857 – 1890): Nació en la población de Cúa, Estado Mirada. Se trasladó a Caracas a raíz del terremoto que dejó en ruinas su pueblo natal. Herrera Toro lo recibe como ayudante en la decoración de la Catedral de Caracas y le confía las pinturas de las columnas y de los arcos de la cúpula central.

Su cuadro "La muerte de Girardot", presentado en el Centenario del natalicio del Libertador y merecedor del premio único, le valió una beca para estudiar en París. Envía sus primeras obras al Salón Anual de Artistas Franceses y obtiene una mención de Honor con su cuadro: "La Miseria". Más tarde con "La primera y última Comunión" y "El Bautizo" no recibe ningún premio, pero resuelve cada vez mejor los efectos plásticos y lumínicos que se plantea. Pero el cambio más notable en su estilo se percibe en su obra: "Dante y Beatriz", y en algunos cuadros de pequeñas dimensiones como la "Naturaleza muerta con faisán". Al mismo tiempo trabajaba un cuadro de gran formato que le había encargado el párroco de la iglesia de La Pastora en Caracas: "El Purgatorio".

Arturo Michelena: Tiene mucho en común con Cristóbal Rojas: ambos presentan obras para el Centenario del Natalicio del Libertador, se inscriben en la misma Academia Julián de París, viven en una misma casa, los liga una estrecha amistad y mueren en plena juventud. Sin embargo, sus temperamentos son completamente opuestos: El de Rojas es atormentado y patético; el de Michelena es jovial y sereno.

Con más suerte que Rojas, ya desde el primer cuadro que envía al Salón anual de Artistas Francesas titulado: "El niño Enfermo", obtiene un premio: la medalla de segunda clase; la más alta distinción que se confería en el Salón de Artistas franceses a un extranjero.

Dos años más tarde recibe el premio máximo, la medalla de oro de primera clase en otra exposición de más categoría, en la Gran Exposición Universal de 1889, con su obra "Carlota Corday". A su regreso a caracas el gobierno le encarga una obra en honor al Gral. Páez y é pinta uno de sus lienzos más famosos: "Vuelvan Caras". Michelena, después de contraer matrimonio con doña Lastenia Tello, vuelve a París. Allí envía en años sucesivos las dos últimas obras exhibidas en las exposiciones francesas: "Pentesilea" y "La vara rota". Entre sus últimas obras, después de "Miranda en la Carraca", sobresalen dos de sus obras religiosas: "La multiplicación de los planes", para la Santa Capilla, y "La Última Cena", para la Catedral de Caracas.
Para concluir este breve esbozo de lo que ha sido la historia de la pintura nacional, cabe señalar que " Los temas históricos y heroicos constituyeron los temas mayores de la gran pintura para el siglo XIX. Su importancia no admitía comparaciones con la de retratos y menos aún con la de paisajes, que permanecieron por ello relegados a una condición de inferioridad no sólo para el criterio oficial, sino también para los propios artistas".

Las investigaciones de Alfredo Boulton ha sido de gran importancia ya que ha contribuido a ampliar el horizonte de la pintura colonial venezolana de los siglos XVII y XVIII. Es así como a través del estudio de los testamentos, el autor extrae varios aspectos que permiten aclarar de alguna manera, la vida social, religiosa y artística de la Caracas de aquella época.

 

El Círculo de Bellas Artes

Publicando su programa en la prensa nacional, daba la cara al país el célebre Círculo de Bellas Artes de Caracas. El 3 de septiembre siguiente nacía oficialmente el grupo. Cien años ha ya que Manuel Cabré (1890‐1984), Antonio Edmundo Monsanto (1990‐1948), Luis Alfredo López Méndez (1901‐1996) Leoncio Martínez (1889‐1941), Rafael Monasterios (1884‐1961), Próspero Martínez (1885‐1966) y Federico Brandt (1878‐1932), entre otros, iniciaban el atrevido viaje a la modernidad artística en la pintura venezolana.

La urgente necesidad de sacudirse las vetustas formas académicas se había sentido 3 años antes en la protesta que habían protagonizado estos mismos pintores, estudiantes de la Academia de Bellas Artes, entonces dirigida por Antonio Herrera Toro. No habían estado nuestras artes plásticas expuestas a las señales claras de las búsquedas incesantes de los jóvenes artistas europeos, a quienes el desasosiego creativo los había llevado por la experiencia del Impresionismo, el Simbolismo y los más personales senderos signados por los colores de Vincent van Gogh y Paul Gauguin. A estos estudiantes, les urgía, pues, que Caracas se inquietara con ellos y saltara a la arena de la experiencia lúdica que suscita todo lo nuevo.

Expulsados de la rígida Academia caraqueña, fueron libres no sólo para reflexionar sobre su arte, sino para hacerlo. El pequeño foyer del Teatro Calcaño les sirvió de lugar de encuentro y de espacio creativo. Se abrieron entonces al estudio verdadero del cuerpo humano y sus cadencias, atrayendo a su tribuna a la primera modelo femenina de nuestra historia del arte; se entregaron al experimento cezanniano con la naturaleza y a la aventura impresionista en la maravillosa luz del trópico.

Aunque el Círculo de Bellas Artes no subsistiría más allá de 1920‐21 y muy a pesar de la opresiva atmosfera política que sumía al país en la espesa paz de la dictadura gomecista, el cristal que fue roto por estos artistas no podría ser reparado jamás. Venezuela estaba ya a las puertas de un Jesús Soto y un Carlos Cruz‐Diez.

 

 

 

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